Doyon-Rivest
Nada se pierde, nada se crea todo se transforma
Con esta visión contundente se abre una de las exposiciones más esperadas de arte contemporáneo en Montreal. Creo que el destino fue inteligente al no permitir que terminase la maestría en Historia del Arte, pues, sin duda, tendría pocos amigos y ningún periódico soportara mis balas verbales disfrazadas de complacencia. Aquí, mitigo mis comentarios.
Todo este preambulo es para preguntarme (les) ¿cuál es la finalidad de un discurso estético si es una maraña de incomprensiones que no llega al común mortal, o lo que es peor el discurso no tiene hilo conductor lógico? ¿Dónde están los manifiestos inteligentes y justificados? ¿Hasta cuándo tanta improvisacion encubierta de sabiduría?
Luego de tres años de trabajo, una cantidad de curadores increíble, un montaje fenomenal y una publicidad no menos tentadora, esta exposición muestra 135 obras y otros tantos artistas y colectivos. Impacto, Burla, agonía e ingenio son las palabras que describen la mayoría de los trabajos (videos, plástica, instalaciones, esculturas, fotos, etc...)
Hay muestras dramáticas de desconocimiento o estupidez, hay intentos merecedores y hay trabajos excepcionales. Pero pocos, muy pocos, cumplen con la frase prometedora de que todo se transforma ( la materia, las teorías, las construcciones personales) Entre los merecedores están la intervención de las Meninas de Velasquez de Adad Hannah ( uno ve la obra original pero hay un video de alguien dentro del cuadro y ese alguien tiene un espejo) o el performance del grupo de chicas del WWKA (Women with Kitchen Appliances) en el que unas 15 damas hacen ruido con cualquier instrumento de cocina ( http://www.youtube.com/watch?v=fqJzmCgEvzo), y hay trabajos excepcionales como el de David Atmejd ( una escultura gigantesca de cera derretida y otros materiales. Una mezcla de coloso griego y espejos dalialianos, con cuerpo fragmentado por escaleras). No por casualidad este artista representa este año a Canadá en la Bienal de Venecia. Por otra parte está la instalación de Doyon-Rivest llamada Logopagus. Ironía de lo contemporáneo y social, son dos muñecos inmensos de fieltro (con cabeza común) que se encuentran en todas partes: en la cafetería o en una granja. Estaban en cualquier parte de la sala y me provocaban una risa terrible ya que son la estupidez hecha consumo. Sin duda me recordaron al mono de Enrique Enriquez...
Realmente no sé donde hay reflexiones claras sobre el trabajo del artista, la materia o los campos de percepción, en fin sobre el arte. Para un primer intento, otorgo 6 sobre 10...y por cierto- salvando los contextos- nada que envidiar Salon Pirelli!

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