
Sumido en la incomprensión absoluta, mira lo que un día fue espacio de autoconocimiento: la habitación. Por ello, y aceptando que el destino es marioneta, Sebastian se muda. Toma su cama, la dobla en origami y se la mete en el bolsillo izquierdo, cerca del corazón por aquello de que es bueno recordar que aún está vivo.
La entrada de la nueva casa exuda vapor de miel pero poco importa pues lo que quiere es leer, dormir y desearla. Leyendo Crimen y Castigo, sospecha que como Romanovich no consigue determinar el límite de su Pathos. Quiere apoderarse del prefijo de lo moral, quiere asesinar sus miedos y abonarse de nuevo al diario personal de la codicia sexual y el ego. A las tres de la madrugada la percepción da paso al delirio. Como una peste de autocastigo, Sebastian se alarga las extremidades, aprieta el miembro y gira la lengua en su boca, hueco divino de exorcismo sensual, la lastima, la asciende y la goza. Pobre Sebastian, está enfermo , triste y no lo sabe...